miércoles, 6 de julio de 2016

06 DE JULIO, DÍA DEL MAESTRO: NADA QUE CELEBRAR

EDUCACIÓN: ¿LA ÚLTIMA RUEDA DEL COCHE?
Las reflexiones que siguen se motivan  con ocasión de conmemorarse el DÍA DEL MAESTRO,  como si los maestros estuvieran pasando por el mejor momento de sus vidas.
En un país como el nuestro, un profesor es muchas veces subvalorado e incluso desarrollan su trabajo en condiciones muy limitadas.
Sin embargo, estos mensajeros del conocimiento, nunca abandonan a sus alumnos, porque son conscientes  de que de ellos depende la educación por lo cual realizan incontables sacrificios para impartirla y así ver los frutos representados por miles de ex alumnos que hoy trabajan y se resaltan entre otros.
Por ello, causa estupor e indignación el hecho que quienes, desde el gobierno y  las centrales sindicales  burocráticas responsables de la pérdida de los derechos consignados en la Ley del Profesorado, con cinismo que raya en lo patológico, se atreven  a expresar hipócritamente la  frase ¡Feliz Día Maestro!..
Por lo tanto, este 06 de julio debe ser un día de rebeldía magisterial frente a los abusos del gobierno. Recuperar el carácter de LIDER SOCIAL con la que Don José Antonio Encinas denominó a los maestros del Perú.
Por lo tanto, nada más oportuno  que  postear este duro artículo de Gustavo Faverón publicado en su blog :

EDUCACIÓN: LA ÚLTIMA RUEDA DEL COCHE (GUSTAVO FAVERÓN)

Supongo que en una sociedad como la nuestra, en la que todo valor se mide en dinero y el éxito solo es éxito si puede transformarse en franquicia, no está de más, aunque sea por un momento, aunque sea solo estratégicamente, traducir las cosas a ese lenguaje para hablar de la educación. Este artículo de Teresa Tovar Samanez es un buen punto de partida.
En el Perú, el sueldo de un maestro es poco más de un tercio que en Chile, poco menos de un tercio que en Brasil, la cuarta parte que en México, la quinta parte que en Colombia, la sexta parte que en Argentina. El hecho de que nadie parezca dispuesto a alterar esa realidad, incluso ahora que el Estado tiene 14 mil millones de soles de superávit, como recuerda Tovar, indica que consideramos justo pagar a nuestros maestros mucho menos que en esos otros países de la región. Cuando un maestro cruza la frontera peruana, su estatus se devalúa en esas proporciones.
Tomando los datos del mismo Ministerio de Trabajo, si un maestro peruano quiere triplicar sus ingresos, le basta con dejar la escuela y buscar trabajo como cargador en el aeropuerto o como obrero de construcción civil. Si quiere cuadruplicarlos, puede dedicarse a electricista, gasfitero o albañil. Si quiere multiplicarlos por seis, le bastará con encontrar trabajo como afiliador para una empresa de seguros.
Esto que digo no es una simple fantasía irónica: es perfectamente posible que en el Perú mucha gente opte, en efecto, por abandonar una carrera en la educación para dedicarse a cualquiera de esos otros trabajos. El punto es simple: ¿cuál es la visión de país que tenemos cuando estamos dispuestos a aceptar que la persona que nos pinta la pared, la que nos instala una lámpara y la que tarrajea el muro del jardín obtengan una recompensa mayor que la persona que educa a nuestros hijos?
No es una pregunta retórica ni una pregunta demagógica. El país parece imbuido de una admiración sin límites por los empresarios exitosos, pero sólo entiende el éxito como una cosa que se consigue de inmediato y que pone los libros en azul instantáneamente (esos son los únicos libros que interesan): la inversión en educación ninguno de nuestros gobiernos la ha entendido ni como cosa urgente ni como plan a mediano o largo plazo, probablemente porque sus frutos no se traducen en largas colas ante un kiosko en el Campo de Marte.
Lo que el Estado peruano invierte en los sueldos de los maestros es el mínimo indispensable para asegurarse de que algunas personas con alma de sacrificadas y algunas personas sin la formación suficiente para desempeñarse en nada más acepten pararse junto a una pizarra y hacer la finta de que están echando a rodar los engranajes del sistema educativo. Es un saludo a la bandera.
En la práctica, el mensaje del Estado a quienes quieran ser maestros es clarísimo: no vale la pena que estudies educación, no vale la pena ser maestro, no es un trabajo crucial, no es un trabajo que nos preocupe o que merezca nuestro respeto. Es un trabajo que toma años de formación pero las horas y el dinero que inviertas en esa formación no los recuperarás porque no nos interesa que los recuperes, y mucho menos que puedas hacer una vida digna en esa profesión. Mejor, dedícate a cualquier otra cosa.
Y el mensaje para los escolares es aun más transparente: esa persona que intenta enseñarte cosas, que intenta darte información y fomentar tus hábitos intelectuales, esa persona que durante toda tu infancia y tu adolescencia vas a identificar con el conocimiento y el aprendizaje, es la última rueda del coche, porque el conocimiento y el aprendizaje son la última rueda del coche. Marca Perú, le dicen.
Durante la década de los setenta, las escuelas rurales ayacuchanas se convirtieron en uno de los nudos articulatorios de Sendero Luminoso. Entre los primeros "cuadros" del PC-SL estuvieron esos maestros y sus estudiantes. También los primeros que ofrecieron resistencia a la expansión de las ideas criminales del senderismo estuvieron, lógicamente, allí, entre profesores y estudiantes.

Habría sido tan distinto si ese sistema escolar hubiera sido realmente funcional, si el Estado lo hubiera protegido y optimizado, si hubiera formado correctamente a esos maestros, si hubiera hecho de los maestros una parte crucial de su propio aparato en vez de dejarlos a la deriva, expuestos al fanatismo y su influencia, marginados de cualquier cosa que pareciera un proyecto de país. Pero no permitamos que la experiencia nos enseñe (no permitamos que nada ni nadie nos enseñe cosa alguna). Al fin y al cabo, ¿qué cosa podría salir mal? ¿No es cierto?

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